Anexo 1: Israel y Jordania

Ha pasado poquillo más de un año desde que regresamos al DF. Aunque al regreso parecía que pocas habían cambiado, con los meses ha quedado claro que prácticamente todo cambió, aunque sea de manera sutil. Entre lo que ha permanecido se cuentan nuestras ganas de llenar la maleta y poner los pies en otras tierras (no a lo largo de otro año; al menos no aún).

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En algún momento, antes de partir a ese 2011 viajando por Asia, pensamos en pasar por Israel y Jordania después de cruzar India, pero ya luego todo fue como fue y se quedaron para luego. Increíblemente, ese luego está a días de suceder. Y todo porque en Perú es temporada de lluvias y el camino para subir a pie a Machu Picchu está cerrado (el plan que teníamos para este año). Así que nada, durante unos días este blog resucita con reportes desde Tierra Santa y los desiertos beduinos. Desde lo que más alborota mi emoción: ¡Petra! Finalmente, seguimos enganchados con Asia.

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El epílogo: un pequeño recuento

Japón, China, Vietnam, Camboya, Laos, Tailandia, India y Nepal. Esos son los 8 países que recorrimos a lo largo de 10 meses de travesía. Un lapso en el que dormimos en 93 camas diferentes, visitamos 83 ciudades y poblados, nos trasladamos 76 mil 512 kilómetros (más la incalculable cifra de lo recorrido en cada sitio visitado), tomamos 15 mil 579 fotos y acumulamos una infinidad de anécdotas que, con suerte, se irán colando a la frescura de nuestra memoria de vez en vez.

Como sea, en estos últimos días hemos tratado de recordar los momentos que se nos han quedado más grabados. Aquí, un pequeño recuento…

Momentos estresantes:

Cuando casi perdemos el tren en Kioto para ir al aeropuerto de Osaka. ¿La razón? Olvidamos entregar las llaves del departamento en el que nos quedamos y nos dimos cuenta en la esquina de la estación, así que uno de nosotros (@monmargo) tuvo que ir y volver corriendo. Y luego, correr hasta desfallecer, con las maletas a cuestas, para llegar a la plataforma, donde el tren aún estaba estacionado.

Cuando unos días después del terremoto y del tsunami, volvió a temblar y se sintió en Kioto. Aunque no fue un movimiento fuerte, de algún modo se apelmazó con el hecho de manejar la preocupación de familiares y amigos, que nos pedían salir a la de ya de Japón.

El trayecto en un tren chino en el que nos tocó ir en las literas de hasta arriba. Más de 16 horas en un espacio francamente reducido.

El día en el que no revisamos la hora de salida de un tren en China y nos quedamos con la idea de que era a las 6, cuando en realidad era a las 4. Algo de lo que nos dimos cuenta por pura casualidad, ¡media hora antes de que se nos fuera!. Corrimos para hacer el check out del hotel, gritamos para tomar un taxi (que voló), sufrimos para entrar a la estación porque el de adelante de nosotros en la fila no encontraba sus boletos, porque luego no podíamos pasar las maletas por la banda de rayos X (la tenían parada con los bultos de otro señor), aventamos a cuanta persona estaba parada en el camino hacia la puerta de embarque… Todo para descubrir que cada uno de esos que habíamos esquivado eran pasajeros del mismo tren que debíamos tomar: aún no empezaba el abordaje.

La noche en la que salimos de Calcuta, cuando el tráfico desquiciado (previo al Durga Puja) ocasionó que ningún taxi quisiera llevarnos a la estación de tren, tuviéramos que subirnos al metro con todo y maletas a la hora más que pico, empujar, ser regañados, empujar y sentir que no llegábamos. Peor aún: que en una de esas tendríamos que quedarnos una noche más en Calcuta (aquí la razón para @monmargo: El efecto Calcuta).

@monmargo a cargo del mapa.

Momentos de éxtasis:

Los recorridos en bicicleta en el circuito de Angkor.

Dar con un plato capaz de hacerte querer comerlo un día sí y otro también. O con un restaurante que generara el mismo efecto. Aunque en sí, fueron 10 meses de éxtasis gastronómico.

El día que el Monte Fuji nos dejó verlo sin nubes de por medio.

El primer tazón de noodles humeantes que comimos en Japón, que además nos fiaron por no traer yenes.

La mañana en la que visitamos el Hogar para elefantes en Tailandia.

Caminar la Muralla china.

El trayecto en balsa de remos, rodeados de montañas boscosas, rumbo a la Perfume Pagoda, cerca de Hanoi, en Vietnam.

El día que volamos nuestro papalote de calamar (alias Don Julio) en la playa de Hoi An.

La vista de los Himalaya desde Sarangkot, cerca de Pokhara.

El minitrekking por la selva boscosa camboyana en Kampot y aquel en Cat Ba Island, en Vietnam.

La tarde que pasamos acostados en unas hamacas en la isla de Don Det, en Laos.

Todo Luang Prabang, en Laos. Desde el asombroso paisaje para llegar, sus templos, sus shakes de coco, recorrerlo en bicicleta, platicar con los monjes budistas, madrugar parapara presenciar el Morning Alm…

Los encuentros y momentos compartidos con los locales en cada uno de los países. Sus sonrisas, sus gestos de amabilidad y generosidad, su espontaneidad, su disposición a compartir de corazón con unos auténticos extraños.

Los recorridos en tren y autobús para transportarnos en un mismo lugar o de una ciudad a otra.

Cambiar de país.

Momentos de shock:

Ver cómo un motociclista perdió el control de su moto en una carretera camboyana, se salió del camino, cayó en una zanja, rodó y… pudo levantarse sin rasguño. La falta de titubeo de un par de locales para detenerse cuando les gritamos que alguien necesitaba ayuda.

Observar cómo un pie se desprendió de su pierna mientras ardía en los leños de una pira crematoria, a orillas del Ganges, en Varanasi, India. Cómo una familia entera se peleaba a gritos mientras el cuerpo de su muertito reposaba también a orillas del río, esperando turno para ser cremado.

Encontrarnos con una pequeña procesión funeraria en Pokhara, Nepal, que bajaba del cerro cargando a su muertito sentado sobre una silla, semienvuelto en una sábana, cada quien con un leño para alimentar la que sería la pira crematoria.

La gente cagando por las mañanas con el trasero al aire sobre las coladeras, o donde se pudiera, en Calcuta y luego en Gaya, camino a Bodhgaya, en India.

El peor baño público: en China, en la zona de los tulous.

La mejor palabra: Sabadee! (el hola y adiós de Laos, que en Tailandia es muy similar, aunque se le agrega una palabra dependiendo del género de quien saluda).

Mejor platillo (según @totalmentepelos): el padmed mammuang, de Chiang Mai, en Tailandia. @monmargo simplemente no puede decidirse por uno.

El mejor hotel en cuestión valor-precio: en Hoi An, Vietnam. Hasta balcón teníamos.

Los mejores mercados: el dominical de Chiang Mai, en Tailandia y el mercado nocturno de Luang Prabang, en Laos.

El trayecto más infame: aquel en el que tragamos toneladas de polvo rumbo a Hampi, en India.

Lo mejor: descubrir que ninguno de los países que visitamos es solo lo que pintan las noticias, la televisión, los documentales o los libros de fotografía. Cada uno es mucho, mucho más.

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La maleta reloaded

¿Se acuerdan cómo se veía mi maleta antes de salir de viaje? Si no, pueden dar clic aquí.

No sé cuántas horas le dediqué a buscar y coser todos los parches, pero al final así es como quedó.

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Último día en Asia

Yo también quería escribir un ‘adiós’ a este viaje que empezó en enero y que hoy ha llegado a su fin, pero la verdad es que mientras pensaba en qué escribir me di cuenta de que no le puedo decir adiós a Asia porque de alguna manera una parte de mí se quedó en cada uno de los países que visité. No digo esto para que suene cursi, pero pensar que voy a regresar siendo la misma persona, que no aprendí nada y que en el camino no dejé algo del lastre que venía arrastrando sería mentirme.

Eso quiere decir que no voy a escribir este post y voy a dejar que esa parte de mí que se fue quedando no lo haya hecho en vano, y que la parte que me llevo de cada país en mi corazón siga creciendo.

Además estoy seguro de que algún día regresaré. Todavía hay mucho que hacer y conocer por acá.

De ustedes no me despido porque éste no es el último post de asiadonde. Nos leemos luego y espero que no se aburran con tantas fotos. ;P

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El adiós a India

En el último mes me he despedido de este país en tres diferentes ocasiones. Y en cada una he pensado que la sensación que tenía en ese preciso momento sería la que me acompañaría de vuelta a casa, porque no quedaba nada más por recorrer. Puras ilusiones mías. Aunque no quedara más que tontear por un Delhi ya visto, en sí quedaban días enteros y las sorpresas sutiles que cada uno puede traer.

Antes de irme a Nepal sentía que había tenido suficiente de la cabra loca que es el subcontinente este. No veía factible que pudiera surgirme la idea de volver algún otro día: encima había visitado todo aquello que me interesaba. Cuando regresé y me di cuenta de cuán rápido había olvidado sus olores penetrantes, entre otras cosas, acepté que respirar cerca de los Himalaya no nada más me había despejado las narices. También el corazón.

Antes de irme al retiro de meditación sentía que había quedado a mano, en neutral. Que había dado tanto como había recibido. Pensé entonces que la idea de regresar se tomaría su tiempo, pero tarde o temprano surgiría. Transcurridos los 10 días de silencio, al encontrarme una vez más con Delhi… todo volvió a cambiar. Supe que India me había dado mucho, mucho más de lo que había considerado, en sentidos que ni siquiera soy capaz de explicar. Que como una de esas personas a las que de veras te cuesta trabajo comprender y aceptar así como son a tiempo completo, me había dado tremendas lecciones. De esas que olvidar no es otra cosa que ser malagradecido con la vida.

Ahora, a unas 24 horas de subirme al avión que me llevará de vuelta a México, no romantizo (no hay modo) los tres meses que pasé entre multitudes, rickshaws, bicicletas, animales y toda esa infinidad de estímulos que hacen a esta tierra tan particular, pero tampoco los alucino o siento alivio de dejarlos atrás. Simplemente siento que me han dado de alta y es momento de despedirse de la etapa viajera y dar paso a otras experiencias, desde otra perspectiva. Con una enorme sonrisa; con las manos a la altura del pecho para emitir un namaste sincero y profundo. Hacia lo que queda atrás. Hacia lo que viene. Y sí, en mi cabeza se ha trazado ya toda una nueva ruta a recorrer en un futuro no determinado (las fotos de @totalmentepelos de Amritsar me hicieron verbalizarlo). Y sí, siento cómo se forman por ahí unas lágrimas. Gracias, India. Gracias, Asia. Gracias con cada partícula.

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Un encierro voluntario de 10 días

Durante meses estuve dándole vueltas y vueltas al asunto de hacer un retiro de meditación (vipassana: http://www.dhamma.org), pero pretextos para no hacerlo se me ocurrían de sobra. Entre ellos, que tendría que renunciar a conocer un par de lugares más. Por fin me decidí a hacerlo cuando confirmamos la fecha de vuelta a México. “Uno no está dispuesto a darse diez días libres para algo así toda la vida”, me dije. “Es ahora o la postergación al infinito”. Fuera de fortalecer mi práctica de esta técnica, me parecía que podría ser un espacio útil para digerir uno que otro bocado de los muchos que me ha entregado esta travesía (además de dejar descansar a @totalmentepelos de mis achaques del último mes). Y, claro, una forma más de probar mis propias resistencias y disciplina. Porque lo que de veras me inquietaba era poder levantarme diario en la madrugada, hacer un voto de silencio* durante los 10 días y alimentarte de comidas vegetarianas y ligeras (dos por la mañana y una aún más menuda merienda por la tarde). Yo, que tanto duermo, tanto hablo y tanto como (y tan de malas que me pongo cuando no como o duermo lo suficiente). Jamás se me ocurrió sacar la cuenta de cuántas horas al día tendría que estar sentada en posición de loto ni dimensionar el esfuerzo físico (¡el dolor!) que eso implicaría. Y qué bueno, porque de eso sí que no me hubiera creído capaz. Ya más cercana la fecha, me preocupaba no haberme recuperado de la tifoidea y llegar con el cuerpo casi a rastras a un ejercicio que requería mucha fortaleza.

El día llegó y yo no pude irme a tiempo porque estaban pendientes los resultados de mis análisis de laboratorio para corroborar que a) ya no estuviera enferma o b) requería más medicamento. Y luego, la noticia de que Taco (nuestro perro) estaba enfermo. Pero bueno, al final partí; con la certeza de que la tifoidea ya no estaba en mi cuerpo y con la incertidumbre de la salud del condenado de panza luneteada (sepan que se recuperó y ya anda dando la lata de siempre). Cuando me despedí de @totalmentepelos, sentí el peso de contar solo conmigo para poder alcanzar mi destino. En mis manos estaban un par de indicaciones de cómo llegar, una idea nebulosa de cuánto me tomaría y cuánto me costaría una vez que me bajara del metro en la estación terminal a la que debía ir. Ah, sí, y la presión de tener que estar ahí a más tardar a las 5 de la tarde (eran casi las 3).

Al salir del metro, la usual nube de conductores se me abalanzó y todos empezaron a hablarme al mismo tiempo. En vez de sentirme ofuscada, como suele ser mi papel, me quedé parada en medio de todos, los shhhh-sshhheee, me puse de acuerdo con uno y confiada me subí al autorickshaw. Ya luego me di cuenta de que el hombre realmente no tenía ni idea de a dónde tenía que llevarme, así que nos tomó unas dos horas de andar perdidos, docenas de vueltas, paradas y llamadas para preguntar rumbo y sí, muchas más rupias de las que habíamos pactado en origen (¿mencioné que el hombre en realidad no hablaba inglés?). Pero llegué: pasadas las 6 de la tarde. Fui la última en registrarse (lo que me dejó en uno de los dormitorios con baños y regaderas de uso común). Ni hablar; de menos alcancé a merendar y estuve sentada a tiempo a la hora en la que inició el voto de silencio. Venía lo bueno: levantarse a las 4:00am del día siguiente. Sorprendentemente, abrí los ojos unos minutos antes de que sonara la campana (algo que se repitió prácticamente a diario), sin muchos rastros de sueño. Ahora sí, frente a mí estaban 10 días con esta misma agenda:

  • 4:00 am Suena la campana para despertar
  • 4:30-6:30 Meditación
  • 6:30-7:15 Desayuno (te haces responsable de lavar tus trastes)
  • 7:15-8:00 Tiempo libre para bañarte, lavar tu ropa, caminar, sentarte, etc…
  • 8:00-9:00 Meditación en grupo
  • 9:00-11:00 Meditación
  • 11:00-11:45 Almuerzo
  • 11:45-13:00 Tiempo libre
  • 13:00-14:30 Meditación
  • 14:30-15:30 Meditación grupal
  • 15:30-17:00 Meditación
  • 17:00-18:00 Merienda
  • 18:00-19:00 Meditación grupal
  • 19:00-20:30 Charla del instructor
  • 20:30-21:00 Meditación en grupo
  • 21:00-21:30 Sesión de preguntas y respuestas
  • 21:30 Hora de apagar las luces y dormir

Sí, ya sé. Uno lee la agenda y se sienten escalofríos de rigor, pero ya estando ahí, fluir con ella pareció más sencillo de lo pensado. A lo que se fueron sumando otras sorpresas, como descubrirme con unas tripas discretas, capaces de sentirse satisfechas con porciones compactas (puedes repetir plato o pedir que te sirvan un poco más cuantiosamente, pero yo decidí abstenerme de ello). Que mi cuerpo es capaz de superar sus buenas dosis de dolor físico sin chillar o quejarse a la primera de cambios (tampoco es que hubiera alguien para escucharme, ¿verdad?). Que no hablar con nadie no tenía ninguna dificultad, sino que hasta disfrutable y agradecible resulta para mantener la concentración y de algún modo ir acomodando el cúmulo que deja el arduo trabajo físico y mental. Así que, al final, con todo y momentos verdaderamente duros, minutos y horas con cara de eternidad, cuando llegaba la hora de dormir, mi mente y mi cuerpo estaban exhaustos, pero sonrientes y dispuestos para entregarse a noches que trajeron consigo muy pocos sueños, un par de pesadillas y ningún sentimiento de desazón, soledad, ganas de salir corriendo o llorar sin control. No había nada más que el aquí y el ahora. Un aquí y ahora que rápidamente se convirtió en el último día, en el último discurso del instructor, en la hora de conocer a las otras asistentes, de convivir un poco con ellas, de regresar a Delhi y encontrarme con un ser barbudo que ya me esperaba en la calle, en tanto qué contar, tanto qué compartir, en vivir los últimos días antes de volver a México y sucesivamente… En aquello que haya de venir. Porque esto que llamamos vida, no para. No para ni aunque dejemos de ser parte de ella. Sigamos pues, hasta donde nos corresponda.

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*El voto de silencio implicaba no hablar o comunicarse de ninguna forma con las otras asistentes. No escribir, no leer, no escuchar música. Tampoco se podía hacer ejercicio ni acostarse en los ratos libres.

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Del metro al café

Sólo para que se den una vuelta por el Main Bazar de Pahangarj en Nueva Delhi, les preparé este video que los lleva de la salida del metro Ramakrishna Ashram Marg a un café que está muy cerca del hotel en el que me estoy quedando.

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Amritsar Vol. 2

Esta ciudad está llena de sorpresas y no hay que hacer más que salir a la calle y caminar un poco para ir encontrando las pistas que te llevarán de un lugar a otro.

Mi segundo día en Amritsar empezó con una caminata al Durgaiana Temple, que es un templo hinduista construido al centro de un estanque y al que también se le conoce como el Templo Plateado gracias a sus puertas de plata con relieves de los dioses más importantes del hinduismo. Al salir del templo y mientras me ponía los zapatos se me acercó un profesor de filosofía para recomendarme otro templo no muy lejos de ahí. La plática después derivó en una clase del idioma local y terminó escribiéndome en un papel una frase que ya no quiso explicarme y que mientras más pienso, más compleja se vuelve.

– LIFEISNOWHERE

Tan sencillo y tan complicado como eso. Me pidió que lo leyera en voz alta y mi subconsciente lo primero que vio fue ‘life is nowhere’ pero cuando me dijo que lo leyera otra vez vi ‘life is now here’. Yya, el profesor me dijo que todo se resume a eso, puse mi cara de “¿De qué estás hablando Willis” y se despidió de mí para irse sin más explicación como si fuera el Señor Miyagi aventando una piedra al lago y dándose la vuelta mientras los círculos crecen.

Terminado el momento filosófico, caminé al Mata Mandir Temple que por raro que parezca está dedicado a una mujer que murió hace apenas sólo 10 años. Pero las rarezas no se quedan ahí. El templo es un laberinto en el que literalmente te tienes que arrastrar por adentro de una cueva, luego subir y bajar unas escaleras que me recordaron al Túnel del Tiempo de Escatorama, después pasar por la casa de los espejos y antes de salir, caminar por un río con agua a la altura de los tobillos que supone ser el interior de una boca. Bendito triclosán.

Después de la extraña experiencia, el resto del día fue bastante normal: una taza de café un par de lugares más para conocer y muchas calles por donde caminar. Creo que los primeros 2 templos fueron demasiado impresionantes, que simplemente lo demás ya no se sintió tan sobresaliente.

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Amritsar Vol. 1

Muy tempranito agarré un tren que me llevó de Delhi a Amritsar en sólo 6 horas (no es tanto tiempo considerando que mi viaje de regreso va a ser de 9 horas). Desde afuera, esta ciudad es igual a todas las demás de India. Es polvosa, hay vacas sueltas en las calles y los hombres hacen pipí afuera en las paredes. Pero en el corazón del barrio antiguo se encuentra la razón por la que tanto locales como turistas vienen al extremo norte del país, esquina con Pakistán.

El Templo Dorado es el lugar más sagrado para los Sikhistas, y se llama así justamente porque toda la parte superior del templo principal está cubierta por 750 kg. de oro puro. Aquí diariamente vienen entre 60 mil y 80 mil personas que son recibidas a comer gratuitamente. Así es el espíritu sikhista, te invitan a tomar el té, te hacen la plática sólo para que no estés solo y siempre tienen una sonrisa acompañada de una reverencia para ti. Cosa rara tomando en cuenta que históricamente son unos guerreros implacables y que a la fecha se distinguen por las enormes espadas y dagas que portan con orgullo junto con sus colores azul marino y naranja.

Antes de entrar al complejo del Templo Dorado te tienes que quitar los zapatos y cubrir la cabeza (no te cobran por cuidarte los zapatos y te prestan un paleacate para cubrirte la cabeza), tienes que lavarte las manos y después lavarte los pies pasando por una pileta con agua que está justo en la puerta.

Una vez adentro, lo primero con lo que te encuentras es con un enorme estanque cavado en siglo XVI que se llama Amrit Sarovar (de aquí sale el nombre de la ciudad) o Pozo de Néctar y al centro está el templo principal que brilla como si tuviera luz propia cuando le da el sol de frente.

No intento describirles cada uno de los rincones del complejo, pero hay tantas cosas ahí adentro tan impresionantes que es imposible no comentarlas, como el altar a Baba Deep Singh que es el más respetado de los mártires sikhistas por que en una batalla contra los afganos se levanto aún después de haber sido decapitado y tomó con una mano su cabeza y con la otra su espada para seguir peleando hasta el final.

La Torre de Baba Atal fue construida en honor a Atal Rai, hijo de un gurú sikhista, que alguna vez realizó el milagro de revivir a una persona que había muerto por la mordida de una serpiente. A causa de esto, su padre lo regañó por intervenir con los deseos de Dios y arrepentido, Atal se quitó la vida a cambio de la que había salvado. La torre tiene 9 pisos, un piso por cada año de vida que tenía cuando se suicidó.

Pues ahí estaba yo, dándole vueltas al pozo cuando decidí sentarme a un lado para ver a la gente pasar. Los cantos sagrados, la gente caminando en su mayoría usando el color naranja, los hombres barbados regalándome reverencias, las familias sumergiéndose en el pozo para recibir sus bendiciones; todo al ritmo de los tambores de la música que tocan en vivo y nunca para. Cuando volví a ver el reloj habían pasado 4 horas desde que me senté. ¿En qué momento voló el tiempo? El sol ya se había escondido, las luces del templo ya estaban prendidas y mis tripas rugían. Sólo quedaba una cosa por hacer: ir a cenar.

Mientras les platico, vuelvo a sentir esa rara sensación que no es de paz pero que me tranquiliza. Ahora a ver cuánto tiempo la puedo mantener en mí.

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Mi primer día solo

Los que han leído este blog desde el principio saben que ya llevamos casi 10 meses viajando por algunos países de Asia y por si no lo han notado, han sido casi 10 meses de interacción casi a nivel de muégano entre @monmargo y yo. 298 días de convivencia las 24 horas del día. Si me preguntan cómo le he hecho para aguantarlo, la respuesta es: No lo sé.

Pero el caso es que ya en la última recta del viaje, @monmargo decidió recluirse en un centro de meditación en donde tendrá que madrugar, comer poco y respetar un pacto de silencio por 10 días. ¡OUCH! 3 de las cosas que más trabajo le cuestan y 10 días sin hablar son mucho incluso para mí, ahora imaginen a @monmargo que siempre tiene palabras en la boca.

En fin… ¿y ahora qué hago con tanto tiempo solo? Eso no es problema, India se las arregla para mantener entretenido a cualquiera.

El 17 de noviembre, me levanté más temprano de lo habitual y desayuné dos deliciosas parothas rellenas que son lo más parecido a una quesadilla que hay por acá. Una de paneer y la otra de aloo (una de queso y otra de papa) acompañadas de un delicioso café con grandes cantidades de azúcar (costumbre adquirida en India). No había pasado más de 5 minutos sentado en el restaurante del hotel cuado todo el staff ya me estaba preguntando por mi esposa. Hasta parecía que la extrañaban más que yo.

Con la panza llena, me dirigí a la estación de tren de Nueva Delhi para conseguir mi boleto a Amritsar, lugar en donde se encuentra el Golden Temple, el templo más importante para los Sikhistas. Y ya. Pasé ahí toda la mañana en una fila que se movía a velocidad de tortuga a punto de parir.

Una vez cumplidos mis deberes, caminé hacia el metro para ir a Connaught Place esperando llegar a tiempo para entrar al cine a ver Ra-One en 3D. A una parte de mí le está empezando a gustar eso de los bailables Bollywoodescos a razón de nada en las películas. Espero que se me quite cuando regrese a México, pero es que hay algo en las salas de cine de India que te contagia de un espíritu de disfrute tanto de lo que pasa en la pantalla, como de lo que pasa en la sala. La película resultó ser diferente a lo que yo esperaba, en el buen sentido de la palabra.

¿En qué momento se hizo de noche? Cuando salí del cine ya eran las seis y media y las luces de las tiendas ya estaban encendidas, dándole al ambiente la sensación de ser más tarde de lo que en realidad era por lo que volví al metro para regresar a mi hotel y empezar a preparar mi maleta.

Después de esto, creo que lo más interesante que hice, además de una corta caminata nocturna por Delhi, fue rasurarme e intentar diferentes tipos de bigote hindú aunque al final decidí que el bigote no es lo mío. Si quieren ver los intentos fallidos por dejarme un bigote al estilo local, pueden ir hasta abajo de esta página y ver las últimas imágenes del video.

En fin, cualquiera se hubiera imaginado que en este día habría ido a mil lugares o hecho un sinfín de cosas pero la verdad es que ya no estoy para esos trotes y más bien me la pasé tranquilo y sin emociones fuertes, ya tendré mucho tiempo en casa para estar en friega.

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